Comer no es sólo alimentarnos. Muy a menudo, factores
sociales, económicos y relacionados con la educación recibida y nuestros hábitos
de vida condicionan la cesta de la compra y, con ella, nuestra percepción de
seguridad alimentaria y nuestro estado de salud. Modificar alguno de estos
componentes, por más que parezca sencillo, resulta una tarea extraordinariamente
compleja.
Cuando nos dirigimos a un supermercado o a una tienda de comestibles para llenar
la cesta que ha de proveernos de alimentos para las próximas horas o días
estamos haciendo algo más que cubrir necesidades fisiológicas básicas. Casi sin
darnos cuenta, practicamos lo que algunos sociólogos denominan un «acto cultural
complejo» en el que influyen múltiples factores. El conocimiento de las
necesidades nutritivas propias o familiares es uno de ellos, pero hay más. El
poder adquisitivo, el nivel cultural, el peso de las tradiciones o la oferta del
mercado juegan un papel decisivo.
Del mismo modo, comer también es algo que va más lejos de la simple reposición
del carburante que precisamos a diario. La elección del alimento
adecuado a cada circunstancia ayuda a prevenir problemas de salud, tanto en el
largo plazo, al cubrir necesidades nutritivas, como en el corto, al eliminar
riesgos conocidos de toxiinfección. Calidad y seguridad, que no siempre vienen
condicionados por el precio, son dos de los elementos a considerar al efectuar
la compra.
Tres son las grandes categorías en las que los expertos han tratado de definir
la actitud del consumidor ante la compra de alimentos. En todas ellas, «comer
sano» no es siempre el principal factor de elección, como tampoco no lo es el
«comer seguro».
La primera categoría que destacan los expertos tiene mucho
que ver con el propio alimento. Las propiedades organolépticas, señalan, como el
sabor esperable, la textura o el olor, juegan un papel destacado. También lo
ejerce la presentación o, lo que viene a ser lo mismo, el aspecto, tanto del
propio alimento como de su envoltorio. Aquí, sin duda, las técnicas de marketing
se llevan la palma.
Los factores cognitivos, emocionales y sociales determinan también en muchas
ocasiones lo que se compra. Como tales se entienden lo que gusta y lo que no, el
conocimiento y las actitudes relacionados con la salud y la dieta, y el contexto
social o los hábitos. Un informe reciente de Eufic, la asociación europea de
calidad y seguridad alimentarias, añade a este capítulo los valores personales,
circunstancias vitales (como el hecho de estar casado o convivir con alguien), o
habilidades (por ejemplo, saber cocinar), creencias (en asuntos como los
productos orgánicos y los modificados genéticamente) y percepciones (como la
supuesta incapacidad para llevar una dieta saludable). Todos ellos, añade el
informe, «pueden ser especialmente importantes para algunos individuos».
Los factores económicos, por supuesto, influyen lo suyo. Pero también los
culturales y religiosos, además de la educación recibida o el grupo étnico al
que uno pertenece.
Esta multitud de factores, en muchos casos interrelacionados, pone de
manifiesto que los grandes objetivos de salud pública para mejorar la dieta
deben ir más allá del «comer sano y seguro». Además de asegurar la inocuidad de
los alimentos, las campañas deben velar también por su accesibilidad y por su
disponibilidad y adecuarlas a grupos sociales para que realmente sean efectivas.
Propósito de cambio
En una encuesta
paneuropea sobre actitudes del consumidor hacia los alimentos, la nutrición y la
salud, se descubrió que las cinco influencias principales en la elección de
alimentos en todos los Estados miembros europeos son «calidad/frescura» (74%),
«precio» (43%), «sabor» (38%), «intención de comer sano» (32%) y «lo que mi
familia quiere comer» (29%).
Éstas son cifras medias obtenidas al considerar el conjunto de los Estados
miembros europeos; los resultados diferían de forma significativa de un país a
otro.
Las mujeres, las personas mayores y los individuos con mayor educación
consideran que los aspectos relativos a la salud revisten una importancia
especial. Los hombres seleccionaron con mayor frecuencia el «sabor» y el
«hábito» como factores determinantes en su elección. El «precio» parece ser el
más importante para los desempleados y jubilados.
En la misma encuesta, el 80% de los sujetos describió la alimentación sana
(definida como el equilibrio y la variedad) de una manera que sugiere que los
mensajes nutricionales están teniendo cierto impacto. Esto se ve reflejado en
algunas mejoras de las tendencias alimenticias. Sin embargo, entender la
información nutricional o alimenticia no conduce necesariamente a pasar a la
acción. Es preciso que haya una voluntad de cambiar realmente el comportamiento
personal. No obstante, los europeos no parecen sentir la necesidad de alterar
sus hábitos alimenticios: un 71% considera que su dieta ya es suficientemente
sana. Esto confirma que la alimentación sana o la nutrición no se tienen muy en
cuenta en el momento de elegir los alimentos que consumimos.