La Humanidad (al menos la parte de ella que nosotros mejor conocemos) emplea elementos tecnológicos y científicos como nunca antes en la Historia. Conferencias vía satélite, aplicaciones domésticas (como el aislante de una sartén antiadherente) desarrolladas en experimentos realizados en el espacio, láseres, plásticos, chips... forman parte de nuestra vida diaria. Al mismo tiempo, recibimos por la calle propaganda para consultar a videntes africanos, escuchamos y leemos pronósticos meteorológicos asociados a peregrinas circunstancias, pasamos la vista por horóscopos, tarots y anuncios que nos prometen desvelarnos el tan temido e incierto futuro. «Queremos llamar la atención sobre la paradoja que vivimos. Máxima dependencia tecnológica por un lado y un regreso al pensamiento mágico, por otro. Estamos preocupados por las radiaciones de los móviles, que no tienen ningún efecto biológico y, por ejemplo, no nos preocupan los chiringuitos de rayos ultravioletas, que son capaces de mutar nuestros genes», apunta el biofísico Félix Goñi, moderador de la mesa redonda que cerró el ciclo 'Misterios, a la luz de la ciencia', organizado por EL CORREO y la UPV y en la que un puñado de científicos y divulgadores arrimaron el candil de la ciencia para iluminar diversos aspectos de ese pensamiento mágico que se enrosca en los cerebros de crédulos e incautos.
JULIÁN MÉNDEZ / BILBAO